México está sangrando

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Ayer, mientras cenaba con unos amigos, uno de ellos recibió una llamada a su celular; era de otro amigo de él, el cual le informaba que su padre había sido secuestrado y asesinado en el estado de Guerrero…

Antier, charlando con una profesora de la universidad, me platicó que un grupo ligado al narcotráfico (Los Zetas), había contactado a su hermana, quien tiene un negocio de venta de llantas en el Estado de México, para cobrarle protección…

Anteayer, los periódicos informaban que se había encontrado a 14 personas degolladas en el puerto turístico de Acapulco…

Esta es la realidad mexicana, un estado completamente rebasado por el crimen organizado; la violencia más irracional alcanza a cualquiera. Impera con descaro la impunidad. Sin embargo, es una realidad que el gobierno y sus representantes en el extranjero se empeñan en negar.

Con frecuencia, son presentados en el hangar de la Policía Federal, al oriente de la Ciudad de México, hombres y mujeres capturados por el gobierno, a quienes se les acusa de ser importantes capos. El lugar es imponente, majestuoso. Hay cientos, posiblemente miles, de policías armados hasta los dientes y enormes helicópteros de combate posados en un gran campo de pasto. El montaje del presidente Felipe Calderón para la prensa es casi perfecto. Cualquiera, a primera vista, diría que el gobierno mexicano, ahora sí, verdaderamente le quiere poner un alto al crimen organizado.

Sin embargo, no pocos investigadores sociales y periodistas mexicanos coincidimos en que el desmesurado crecimiento del crimen organizado en el país, y por ende la violencia que éste genera, no podría ser posible sin la previa complicidad de funcionarios públicos y mandos policiacos y militares de alto rango. El mismo Felipe Calderón ha reconocido que al crimen organizado se le dejó crecer en otras administraciones.

Hasta el momento ningún político de alto rango ha sido tocado. Se mantiene por así convenirle al gobierno en turno, como ha señalado el reconocido periodista mexicano Julio Scherer, un histórico pacto de impunidad en el país. Los de arriba no se tocan.

Por si fuera poco, como ha señalado en repetidas ocasiones el experto en delincuencia organizada de la ONU, Edgardo Buscaglia, el aparato financiero del narcotráfico mexicano permanece intocable. ¿A dónde van a parar los miles de millones de dólares que genera la industria de la droga y el secuestro? ¿Quiere hacernos creer el gobierno mexicano que los narcotraficantes esconden este dinero debajo de sus camas en la sierra? Al contrario, su riqueza no se esconde. El dinero del narcotráfico mexicano sirve para comprar descomunales mansiones y autos de lujo. Y como sostiene Buscaglia, es el sostén de importantes empresas que operan al amparo de sus padrinos políticos.

Se estima que en lo que va del gobierno de Calderón han sido asesinadas cerca de 30 mil personas. El crimen organizado, al no ser afectado en su colosal estructura económica, no ha perdido fuerza y por ende su capacidad de generar violencia y traficar con droga no disminuye. Más tarda el gobierno en presentar a un matón o a un supuesto capo, cuando otros están ocupando su lugar.

Mientras tanto, en la sociedad civil han surgido diversas respuestas a lo ocurrido, la mayoría en forma de protesta a la política de Calderón. La estrategia de Calderón de desplegar la policía y las tropas federales a varios zonas del país para combatir la narcoviolencia, algunos dicen, sólo sirve para crear más violencia. Una protesta reciente es la campaña “¡Basta de sangre!”, encabezada por el caricaturista Eduardo del Río (Rius), a la cual se han sumado destacados intelectuales, artistas y académicos mexicanos.

“Es claro el fracaso del intento puramente militar y policiaco de derrotar al crimen organizado. Lo que no ha brillado [en el gobierno de Calderón] es la labor de inteligencia, de prevención, de desarticulación económica de las mafias criminales, sin esto está asegurada la violencia”, opina la escritora Elena Poniatowska, integrante de “¡Basta de sangre!” Otros organizadores de la campaña, también le critican al presidente de México su desinterés por la educación, la cultura y el empleo de los jóvenes.

Mientras el tema del crimen organizado siga siendo para el gobierno mexicano un simple juego político con tintes mediáticos, no se atienda la lacerante miseria. Mientras los narcopolíticos sigan libres y millonarios, y mientras la estructura financiera del crimen organizado siga siendo intocable, el charco de sangre que hoy cubre a México no dejará de crecer.
Por eso: “¡Basta de sangre!”. Y en consecuencia: ¡basta de impunidad!

Manuel Ortiz colabora para NAM desde México. Es periodista y sociólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).