Foreclosure: La peor pesadilla de las familias inmigrantes

Foreclosure: La peor pesadilla de las familias inmigrantes

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Nota del editor: La reportería de este artículo fue hecha por Javier Castaño y Plinio Garrido de QueensLatino.com, y por Marcelo Ballvé de New America Media. Fue escrito por Ballvé y traducido al español por Castaño.
 Es la primera vez que en Queens se hace este tipo de alianzas encaminadas al desarrollo de la prensa en español en los Estados Unidos.


NUEVA YORK -- Un año después de firmar los documentos, John Cuartas, inmigrante colombiano de 51 años, todavía visita la casa que su familia perdió por no pagar la hipoteca.

Como muchos neoyorquinos afectados por la crisis de ‘foreclosure’, Cuartas vive muy cerca de la propiedad por la cual todavía se siente muy triste.

“Algunas veces, cuando paso por el frente de la casa, me siento melancólico y me detengo a mirarla”, dijo Cuartas. “Y recuerdo la esperanza que sentí cuando me entregaron las llaves en la mano. Me pregunto ¿quién vivirá ahora en su interior?”

Por tres años, entre el 2006 y el 2009, fue Cuartas con su esposa, hija y dos nietos de edad escolar, quienes vivieron en esa casa de ladrillo y tablas horizontales de Woodside, Queens. Al principio fueron felices. Cuartas, que trabaja como vendedor de quesos en un supermercado gourmet, dijo que la familia nunca soñó con tener su propia casa en los Estados Unidos.

Pero los pagos mensuales comenzaron a acumularse hasta llegar a $5.700, una carga demasiado pesada, inclusive para compartirla entre tres adultos que trabajan.

En el otoño de 2009, para cumplir con la entrega de la propiedad, Cuartas y su esposa Lucrecia Duque vendieron la casa por $180.000 (habían comprado la propiedad por $730.000 en el verano del 2006, en el momento de mayor venta de finca raíz).

Pero sus pérdidas fueron mayores que eso. Esa compra absurda y la tensión que les produjo el tomar la casa y luego abandonarla, también destruyó sus ahorros, su crédito, su tranquilidad mental, su optimismo y la fe en la economía de los Estados Unidos.

“Nosotros la llamamos nuestra pesadilla americana”, dijo Cuartas.

Y Queens, donde la familia Cuartas aún vive, parece tener las condiciones propicias para crear este tipo de pesadilla. Según el Centro Furman Para Bienes Raíces y Políticas Urbanas, en los años 2007 y 2010, se enviaron 60.263 notificaciones inciales de ‘foreclosure’ en la ciudad de Nueva York, con el condado de Queens al frente en la cantidad de solicitudes— 25.610 en el mismo período.

Pero la razón no tiene nada que ver con la menor responsabilidad financiera de los residentes de Queens, en comparación con otros vecindarios de la ciudad.

Los barrios de Queens están llenos de casas al estilo de los suburbios con jardines y estacionamiento privado, que al contrario de las torres de Manhattan, son adquiridas por familias de clase baja y media sin el estatus financiero de la escala de un Donald Trump. Cuando la ola de la crisis de entrega de vivienda ingresó, entonces golpeó a Queens con una furia particular.

“Queens es el condado con la más alta densidad de casas de una y múltiples familias y como consecuencia recibió el peor impacto de la entrega de vivienda”, dijo Mike Hickey, director ejecutivo del Centro para los Vecindarios de la Ciudad de Nueva York (CNYCN). Por las mismas razones, añadió Hickey, “el condado de Brooklyn recibió un impacto similar”. En Brooklyn se observaron 21.093 solicitudes de entrega de casa entre 2007 y 2010.

“El foreclosure nos golpeó con la fuerza de un tsunami”, dijo Arnold Higuita, quien ha trabajado como agente de finca raíz para Century 21 durante 15 años. “Nos faltan al menos dos años para que pase la tormenta”.

QueensLatino y New America Media se unieron para seguir la pista de tres familias inmigrantes que perdieron sus casas en la crisis de entrega de vivienda, o foreclosure. Las tres familias acordaron hablar sobre las experiencias que vivieron con el fin de que otras familias quizás aprendan de sus errores.

“Esto nos ha golpeado muy fuerte”, dijo Duque, quien llegó de Colombia a los Estados Unidos hace casi 40 años.

El costo de esta experiencia no puede reducirse a dólares e intereses. El proceso de entrega de la vivienda conlleva una carga emocional para las familias.

A medida que los pagos mensuales se amontonan, el desgaste y estrés se acumulan. Y cuando la casa desaparece, la sensación de pérdida es intensa. Surgen los sentimientos de rabia, vergüenza y arrepentimiento.

“La gente ingresa en un estado de entristecimiento, pasa por todo ese proceso emocional clásico de luto”, dijo Cathleen Clements, directora de defensa legal para la Sociedad de Ayuda a la Niñez, una organización sin ánimo de lucro que auxilia a las familias que han pasado por el ‘foreclosure’.

Extrañando ‘la casita’

Como un hombre que aún siente la tragedia, Wilfredo Gelpí, padre de familia que mantiene edificios en Manhattan, trata de evitar el asunto. Aunque con frecuencia reconoce que tanto él como su esposa hablan con nostalgia sobre la vivienda que llaman “la casita”, la cual tuvieron por 10 años en la sección de Jackson Heights, Queens.

Los Gelpí— Wilfredo es de Puerto Rico y su esposa Carmen de Colombia, ambos de aproximadamente cincuenta años— perdieron su casa el año pasado. La refinanciaron muchas veces para asegurar algunas inversiones, incluyendo una segunda casa en Miami que también entregarán al banco.

“Aprendimos nuestra lección”, dijo Carmen Gelpí.

Como Cuartas y Duque, los Gelpí pudieron vender sus propiedades en una venta rápida o “short sale” que fue aprobada por el banco. Este tipo de transacciones le permite a los deudores en problemas con sus pagos mensuales, evitar la entrega de vivienda o foreclosure, vendiendo la casa por menos del valor de la deuda y que el banco asuma la diferencia para quitarse ese préstamo de encima.

Así fue que los Gelpí lograron entregar la casa, pero perjudicando su historial de crédito y reduciendo sus ahorros. Como muchas familias afectadas por la devolución de vivienda, los Gelpí se aferraron al apoyo del sus seres queridos. Por lo que faltaba del 2010, mientras acomodaban las cargas, los esposos Gelpí se fueron a vivir con su hijo en una casa en arriendo en College Point, Queens.

Luego del año nuevo, los Gelpí comenzaron la búsqueda de otra propiedad en arriendo y hallaron una en Whitestone Bridge, cerca al Throgs Neck que comunica a Queens con el Bronx, una propiedad menos atractiva de la que tenían, pero más accesible.

“Se imagina cómo fue de difícil, tener que irnos a vivir con nuestro hijo, a mí edad, y luego buscar otro lugar”, dijo Wilfredo Gelpí, el padre.

Para completar, la renta también es alta, $1.050 al mes, y no es fácil ahorrar.

A pesar del difícil año que tuvo, Gelpí mantiene su sentido del humor. El día que se iba a mudar al nuevo apartamento, la ciudad todavía estaba cubierta por varios pies de nieve debido a la tormenta.

“Ni siquiera la nieve me deja tranquilo”, dijo sonriendo.

Las tres familias que fueron entrevistadas para este artículo tienen la sensación de habar retrocedido en el tiempo, que la entrega de la vivienda los arrojó a vivir en situaciones a las cuales no pensaban regresar, especialmente no tan rápido.

Cristián Rodríguez, de 38 años, un inmigrante argentino, entregó su casa que compró con su esposa Fatima Pérez en Brooklyn en el 2004.

Algunos años después de comprar su casa, Rodríguez abrió la cuenta con su mensualidad y halló que su taza variable de interés, un tipo de préstamo que ha causado muchos ‘foreclosures’, había hecho que su pago salte de $2.000 a $4.000 al mes. Su casa en Ocean Hill, en donde vivió con su esposa e hijo, de un momento a otro se volvió inalcanzable.

“Nos dejamos convencer por la forma tan fácil como nos dijeron que podíamos comprar una casa”, dijo Rodríguez. “Al principio nos sentíamos felices, pero nos duró poco. Luego todo fue doloroso y frustrante”.

Como los Cuartas y los Gelpí, Rodríguez entregó su propiedad en una venta rápida o ‘short sale’. Extraña su vieja casa y su calidad de vida ha empeorado. Para colmo perdió su empleo como distribuidor de periódicos a comienzos del 2011.

'No tengo un plan B’

Sin embargo, para muchas familias desplazadas por la entrega de vivienda, el efecto dominó que los llevó a esa terrible situación económica pudo haberse evitado si hubieran negociado la salida de una manera más inteligente, dijo Hickey, el director del CNYCN.

“Hay una diferencia entre alejarse destruido y retirarse esencialmente en buena forma”, dijo.

Planificar antes para minimizar las consecuencias del ‘foreclosure’ es algo esencial según Hickey. Quienes están en riesgo de entregar sus viviendas deben de usar la ayuda que ofrece CNYCN por intermedio de decenas de socios en los vecindarios.

Sin embargo, Hickey reconoce que existe el efecto de aspiradora en el sistema de consejos y servicios que se le ofrecen a las familias para que se acomoden después de atrasarse en sus mensualidades. Y quienes pagan renta en estas viviendas que deben ser entregadas a los bancos, también necesitan este tipo de ayuda.

“Hay mucho, mucho por hacer”, dijo Hickey.

Para las personas que pelean con el fin de mantener sus propiedades, la batalla diaria les quita todo el tiempo y llegan a pensar que no hay vida más allá de esa lucha.

Muriel Garvin, de 54 años, empleada municipal, que está peleando en la corte en contra de un banco para no perder su casa en Jamaica, Queens, dijo que no ha planeado para enfrentar el peor escenario: perder su vivienda.

“No tengo un plan B”, dijo en entrevista telefónica.

En muchos casos, esas personas afectadas por la crisis de vivienda viven en un limbo de ansiedad, sin saber qué pasará después. El taxista Alex Rodríguez y su esposa Blanca Tafur recibieron hace dos años su primera notificación de devolución de su vivienda en Corona, Queens.

“Alguno de estos días nos dirán que debemos abandonar la propiedad y nos tenemos que ir a rentar a cualquier lado”, dijo Rodríguez, de 41 años.

Una sola organización en la ciudad de Nueva York, la Sociedad de Ayuda a la Niñez, administra un fondo para ayudar a las familias a reubicarse y les brinda asistencia para ejecutar un ‘Plan B’.

El fondo de ayuda proviene de la Fundación del New York Times y sirve para auxiliar a propietarios e inquilinos. En especial se enfoca en las familias afectadas por los préstamos ‘subprime’, otorgados a personas con un bajo promedio de crédito y propensas a tener dificultades en los créditos.

Hasta enero del 2011, la Sociedad de Ayuda a la Niñez ha apoyado a 107 familias expulsadas de sus hogares debido a la falta de pago de las mensualidades, con un promedio de $4.500 para cada familia con el fin de que se reubiquen. La mayoría de las familias escogieron reubicarse en el mismo distrito escolar para minimizar el impacto negativo en sus hijos, dijo Jessica Schachter, gerente del Centro de Recursos para la Estabilidad de Vivienda de la sociedad antes mencionada.

El desamparo es un riesgo que corren muchas familias, y a pesar de la necesidad que hay de estos programas, que son mucho más eficientes que meter a una familia a un refugio, no hay otra organización haciendo este tipo de trabajo en la ciudad, añadió ella.

“Creo que hay un gran abismo allí”, dijo Schachter. Señalando que los recursos de su organización son también limitados, dijo no saber “quién llevará esta carga”.

A moverse

Con o sin ayuda, muchas familias que han sido mermadas por la devolución de sus viviendas han comenzado a reconstruir sus vidas. Por más de un año, Cuartas y Duque han vivido en un apartamento rentado con alfombras grises de pared a pared y salas espaciosas.

Duque, cuya familia tiene raíces tropicales en Colombia, ha dispuesto de un arreglo sobre la mesa del centro del comedor con piñas, bananas y naranjas, pese a las bajas temperaturas de enero.

La casa es acogedora y en sus días libres, Cuartas se acomoda a ver Univision con sus gafas de marco de oro y una camiseta de souvenir con un letrero que dice “Antioquia, Colombia”.

El trabajo de Duque, que ofrece cuidado de niños a madres trabajadoras, ha sido inestable desde que la economía decayó (parte de la razón por la cual el pago de las mensualidades le fue imposible). Pero ella le pone buena cara a la situación y se dedica al cuidado de sus nietos.

El esposo y la esposa todavía están saliendo del aprieto financiero que produjo el debacle de la propiedad raíz. Al final del año pasado, por ejemplo, Duque hizo el último pago de la lavadora que compró a crédito, pero que se vio obligada a dejar por el afán de vender la casa. Cuartas, por su parte, todavía percibe las huellas de los tres años de problemas financieros cada mes que observa las cuentas de las tarjetas de crédito.

El vecindario no es tan lindo como el que dejaron atrás: su edificio está en medio del Brooklyn-Queens Expressway y de un centro de rehabilitación física. No tienen patio y atrás quedaron el rodadero y el columpio que Cuartas construyó para sus hijos en la casa que entregaron.

Pero las cosas podrían ser peores. La unión familiar no sufrió. La hija y nietos se mudaron a un apartamento al final del pasillo, en el mismo piso, para que inclusive después de perder la casa se mantuvieran juntos, y así lograron están tan cerca como siempre.

Los nietos, un niño y una niña, entran y salen del apartamento de los abuelos todas las tardes después de la escuela.

Con seguridad que Duque y Cuartas sienten alivio por estar libres del peso que levantaron por tanto tiempo: el monstruo mensual de los pagos. “La tosedera y la incomodidad en la noche, pensando de dónde íbamos a sacar el dinero. Al menos esa presión se fue”, dijo Duque.

Hay un recuerdo, sin embargo, que los sueños de tener casa propia no se abandonan con tanta fácilidad ya que tienen raíces en la condición humana y nuestro apego a la seguridad y la estabilidad— en una esquina de la sala se observa la casa de muñecas de la nieta, con el techo violeta, muebles miniatura y diminutas perillas.

En un momento cualquiera, sentado en el comedor, Cuartas declaró que estarían mejor si nunca hubieran tratado de comprar la casa.

“Bueno”, dijo Duque cuando se paró a comenzar a preparar la comida, “dejemos de pensar en eso”.