Trayvon Martin - Más que un "hashtag"

Trayvon Martin - Más que un "hashtag"

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Traducción al inglés

SAN FRANCISCO — La mujer en los pantalones elásticos rosados salió de la sala de cine 15 llevando consigo las golosinas del cine — un gran recipiente casi vacío de palomitas y un vaso grande de soda. Sus hombros temblaban mientras caminaba y lloraba.

“Él sólo estaba tratando de volver a casa”, le dijo al hombre a su lado. “Sólo estaba tratando de volver a casa”.

Estaba repitiendo una frase de la película que acabábamos de ver, Fruitvale Station, la cual se basó en un día, el último, de la corta vida de Oscar Grant III, quien falleció a los 22 años de edad.

Durante la madrugada del día de Año Nuevo de 2009, Grant iba de regreso a su casa en Oakland, iba a usar el tren subterráneo, después de haber ido a San Francisco para ver los fuegos artificiales con sus amigos. Su madre le había dicho que tomara el subterráneo, ya que estaría preocupada si conducía ebrio. Grant nunca llegó a casa. De repente, un altercado con la policía del subterráneo se volvió fatal.

Un oficial de policía le disparó a Grant ya que estaba acostado en el suelo. Mientras permanecía sangrando en la plataforma, dijo “Tan sólo estábamos tratando de regresar a casa”.

Todos estaban tratando de regresar a casa -- Oscar Grant en Oakland, Trayvon Martin en Florida, o la mujer que fue violada en un autobús en Nueva Delhi, India y apodada Nirbhaya, o “sin temor,” por los medios de comunicación, o la mujer violada en grupo mientras que regresaba de la universidad en Kamdhuni, cerca de Calcuta. Ellos no intentaban desencadenar grandes protestas. No deseaban convertirse en símbolos, pancartas o pósteres. No deseaban que se hicieran documentales sobre sus vidas.

Una especie de héroes emblemáticos -- como el joven que se paró ante los tanques en la plaza de Tiananmen o el monje que se autoinmoló en Vietnam -- son hombres y mujeres que deliberadamente aceptan un cierto heroísmo. Sin embargo, los Grants y Nirbhayas del mundo son un tipo de héroes distintos -- del tipo accidental, la gente común tratando de llegar a casa.

La premiere de la película Fruitvale Station coincidió con la absolución de George Zimmerman, el hombre acusado de asesinar a Trayvon Martin. Con solo 17 años de edad, Martin fue asesinado a tiros en una vecindad cerrada de Florida, donde se hospedaba con la prometida de su padre. Zimmerman, un coordinador de vigilancia local, pensó que Martin lucía sospechoso, con su sudadera con capucha, como si estuviera a punto de

causar desorden. Cuando la policía llegó, Martin estaba muerto por un balazo en el pecho. Zimmerman declaró que actuó en defensa propia. El 13 de julio, un jurado lo encontró no culpable de asesinato en segundo grado u homicidio involuntario.

Ahora Trayvon Martin también es un póster, un hashtag en Twitter, #HoodiesUp, o #CapuchasEncimas, un llanto en las calles.

“Trayvon Martin no tenía que morir, pero todos sabemos la razón por la cual murió: todo el sistema es culpable”, corearon cientos de manifestantes, mientras caminaban en el centro de San Francisco con pancartas escritas con el nombre de Martin, tocando tambores y gritando. “En este momento, todos somos Trayvon Martin”, decían las pancartas. Pero honestamente, nosotros no lo somos. Así como no somos Oscar Grant, ni Nirbhaya.

Todos ellos fueron personas, no fueron ideas ni símbolos. Estas personas tenían vidas ordinarias e imperfectas, las cuales terminaron con un momento trágico e injusto. Son estas imperfecciones las que hacen de estas muertes tan individualmente conmovedoras.

En Fruitvale Station, vemos a Oscar Grant luchando con su pareja. Había perdido su empleo por su constante impuntualidad, tenía droga escondida y un poco de mal humor. Pero en su último día de vida, había comprado cangrejos para cocinarlos en el cumpleaños de su madre, había jugado con su pequeña hija. Al terminar la película, uno se da cuenta que este hombre nunca volverá a pasear con su hija, nunca luchará y hará las paces con su novia, nunca llenará el tanque de gasolina en su coche. La película recupera la humanidad de Oscar Grant, viciado y honesto. En Fruitvale Station, se convierte una vez más en una persona, en vez de un grito de guerra para los manifestantes.

En la sala del tribunal, la defensa trata de poner en juicio a la víctima. En Calcuta, la víctima de violación encuentra su personaje destrozado en el foro público, debido a que estaba bebiendo en una discoteca. A la madre de Martin, le preguntaron en el juicio si ella estaba ignorando el hecho de que su hijo podría haber causado su propia muerte.

Para contrarrestar estos ataques, buscamos la víctima inocente perfecta cuya perfecta integridad la hace impune. Al hacerlo, los manifestantes se olvidan de la humanidad fundamental, a la cual pertenecían a las víctimas que adornan sus pancartas.

Salgo de Fruitvale Station preguntándome por qué #HoodiesUp es el hashtag del día en que Oscar Grant no tenía su capucha encima. Entonces me doy cuenta que estoy confundiendo Grant con Martin, sus historias uniéndose en una sola.

“Es importante tener en cuenta que la lucha para la justicia es un esfuerzo común”, dijo el Rev. Theon Johnson III del Ministerio Metodista Unido de la Iglesia Glide. “Tenemos que luchar por el bien de todos los Trayvon Martins del mundo”.

Pero el “esfuerzo común” no nos convierte en Trayvon Martin. Sólo significa que en la

vida trágica de Trayvon Martin, podemos ver un reflejo oscuro en las nuestras.

“Si yo tuviera un hijo, se parecería a Trayvon”, dijo el Presidente Obama cuando respondió al tiroteo.

Durante la manifestación en San Francisco, se escucharon los ecos de los sentimientos: “Yo trabajo con jóvenes de alto riesgo en Berkeley y tengo un hermano de la misma edad que Trayvon. Algunos de mis alumnos conocían a Oscar, y por eso he venido...”

Maya Robinson Napier también está preocupada por su marido y su padre. Mientras los manifestantes gritaban en Union Square rodeados por turistas curiosos, policías uniformados y los grandes edificios de Saks Fifth Avenue y Tiffany’s, Napier sacude su cabeza.

“Aquí nos encontramos con este Louis Vuitton y estos objetos materiales. Y este chico no tenía nada. Y lo que tenía, se lo quitaron”, dijo. “No era un niño perfecto. Pero no merecía morir”.

Le temblaba la voz, y una lágrima cayó por su mejilla. Más que por los eslogans de enojo sobre la su premacía blanca, las tasas de encarcelamiento en la comunidad negra y los sistemas podridos, esa lágrima parecía real, restaurando por un momento, a través de su luto silencioso, la humanidad de Trayvon Martin.