Misión “dura, pero linda”

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Foto: La mejor cuidadora. Tras una década cuidando de su madre, Gloria Frías ha dejado en suspenso su desarrollo profesional y personal para cumplir con el deber moral que siente.

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Desde hace 10 años Gloria Frías tiene un trabajo a tiempo completo, pero no recibe ni un centavo de recompensa por su esfuerzo.

Y es que desde que su madre sufrió una caída ha tenido que cambiar por completo su estilo de vida, convirtiéndose en la cuidadora principal de doña Paula Frías Vázquez, quien cumplió 91 años el pasado febrero.

“Tuve que dejar a mi familia durante ocho meses para irme a México a lidiar con la emergencia médica de mi madre. Mi niño más pequeño tenía 12 años y tuve que dejarlo con mi ahora ex esposo para poder cuidarla, ya que mis hermanos no dieron la cara”, explicó Gloria.

Mientras estuvo en México, su ex esposo le enviaba un poco de dinero para solventar sus gastos y de su madre, pero ya cuando regresó a Estados Unidos con su madre todo cambió y dejó de recibir apoyo.

Gloria asegura que fue difícil tener que tomar el autobús para llevar a su mamá en silla de ruedas a las citas médicas. “Ahora la puedo llevar en auto, pero tengo que cargarla, bajarla del carro, y luego en el consultorio médico paso más trabajo aún, pues se tardan mucho en atenderla y la tratan igual que cualquier otra persona, a pesar de su edad y su llanto por el dolor que siente”.

Esta mexicana forma parte de los más de 8 millones de hispanos que cuidan a sus familiares ancianos sin remuneración alguna, según el Hispanic Caregiver Study realizado por la organización Evercare y la National Alliance for Caregivers.

Según el doctor boliviano Henry Pacheco, para la mayoría de los latinos cuidar de sus familiares es una obligación cultural.

Él ha sido testigo de esta realidad, ya que lleva años trabajando como consejero del National Hispanic Council on Aging, desde donde trabaja con familias hispanas que se dedican a cuidar a sus ancianos.
“Lo que motiva a los hispanos a convertirse en los cuidadores de sus ancianos es el llamado familiarismo, o sea los valores culturales que pasan de generación en generación”, dijo.

En opinión de Pacheco, los hispanos son criados con la creencia de que eventualmente ellos serán los cuidadores de sus padres. “En muchos casos es un honor o una obligación cultural, igual que la responsabilidad de cuidar de sus hijos”, agregó.

Y es que en lugar de enviar a sus ancianos a una casa de cuidado, los latinos, asegura Pacheco, prefieren cuidarlos en el hogar donde podrán hablar su idioma y comer su comida latina.

Además, para los hispanos es casi imposible pagar entre 8 mil y 10 mil dólares mensuales para que cuiden a una persona mayor en un hospicio, afirmó el galeno.

Un reto para las mujeres

Según el estudio publicado por Evercare y la National Alliance for Caregiving, una tercera parte de los hogares hispanos tienen al menos a un familiar encargado de cuidar a las personas de la tercera edad. Y un 74% de estos cuidadores son mujeres como Frías, Elena Mola –quien cuida de su madre de 96 años– y María Ramírez, que cuida a su esposo, Abdonias, tras un derrame cerebral que casi le cuesta la vida.

Mola, una educadora cubana, ha dedicado sus años dorados de jubilación al cuidado de su madre, Cristina. Ella se encarga de controlar su diabetes y su presión alta, y sus 8 horas de trabajo como maestra ahora se convirtieron en un empleo 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 al año.

Ramírez, por su parte, se las ha tenido que ingeniar con la medicina no tradicional. Le prepara a su esposo jugos con ingredientes naturales que aprendió de sus ancestros, para poder aliviar las molestias que con la medicina tradicional le cuestan cerca de 1,200 dólares al mes.

Los mismos retos los vive día a día Gloria, quien en los primeros años al cuidado de doña Paula se las arregló como pudo, trabajando en restaurantes y cuidando niños. Sus hijos también la ayudaban con un poco de dinero cuando estaban solteros.

“Ya cuando mis hijos crecieron y se fueron de Georgia, ya no podía trabajar como antes, no tenía quién me cubriera mientras no estaba. Fue duro porque cuando mi madre quedó ciega por el deterioro de su salud ya no tenía control sobre la situación, y ya pues no podía dejarla sola cuando quisiera”, recordó Gloria, quien antes le había dado a su madre un teléfono celular para que la llamara en caso de emergencia.

Las idas y vueltas del trabajo para chequear que su madre estuviera bien eran el día a día de esta madre mexicana, que con el tiempo tuvo que dejar su trabajo para cuidar a la madre a tiempo completo, la misma decisión que toman muchas latinas en Estados Unidos.

“Esa presión de tener que buscar otras alternativas para cuidar de las personas que dependen de ellas les causa mucho estrés y presión, ya que se encuentran en una encrucijada entre su realización personal y la obligación cultural de cuidar de sus ancianos. La presión es enorme para ellas”, agregó Pacheco.

Esa presión y estrés es lo que siente Frías constantemente al tener una vida dedicada al cuidado de otra persona. “Me he olvidado de mí misma, de lo que se siente salir a pasear para distraerme, no es como que tenga una vida social que mantener, todo mi tiempo y esfuerzo es para ella”, expresó.

A eso se suma la angustia de ver a doña Paula enferma y vivir con el contante temor de que recaiga y se vaya de su lado para siempre.

“Yo creo que he llegado casi hasta la depresión, porque ves que tus seres queridos no vienen a verte, no vienen a visitarla a ella y mucho menos a ayudarme a mí”, agregó.

Gloria confiesa que sus familiares siempre tienen una excusa para no visitarlas, y cuando llegan ignoran a su madre. A veces hasta siente resentimiento hacia ellos por la falta de consideración y apoyo.

Melody Miranda Aulet escribió este artículo como parte de una beca de periodismo que recibió de la New New America Media y la Gerontological Society of America, con apoyo de AARP.